Whereyouwaaaaaaaalking?

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Actualizo pues.

Bien, cerca de un mes o más sin escribir dan para mucho, así que vayamos contando. Respecto al fin de semana en París he sacado varias conclusiones. Por ejemplo, sobre el Louvre, viendo la colección de Egipto me he dado cuenta de que les gustaban los gatos, caminar de perfil y de que todos en aquella época tenían la nariz partida. Peleas callejeras me imagino, seguro que también había jinchos, con nombres como "er Cuello der Nilo", "Se Ramses II" o "Sa Cleopatra Wapa".

En Egipto además tenían graves problemas de construcción. Querían hacer edificios altos pero los aparejadores se habían sacado el título en Puerto Rico y conforme iban subiendo el bloque se iba estrechando... hasta acabar en punta. Obviamente, a diferencia de ahora, los áticos no eran muy deseados, ya que era todo abuhardillado menos el centro. Los pisos tampoco eran muy luminosos y con tantos pasillos, laberintos y medidas de seguridad que más de una vez llegó la comida fría en el trayecto de la cocina al salón.

Los sótanos sí que eran bastante amplios, pero normalmente estaban llenos de okupas liados en papel higiénico que de vez en cuando se levantaban con los brazos rectos y caminando sin articulaciones y te lo ponían todo perdido, lleno de cachos de partes del cuerpo. Además, los padres eran muy permisivos y los niños bastante cafres, porque tenían las paredes llenas de dibujos.

También se insultaban mucho entre ellos, porque los muy cabrones cogían un burro, un cerdo, un caballo o un gato y le ponían la cara de su colega. Y no es que simplemente la dibujaran en la parte de atrás de la libreta, sino que encima los muy mamones se entretenían en hacerlo en piedra y de unos 30 metros de alto para que lo viera todo el mundo y los egipcios se echaran unas risas a su costa.

Cuando se aburrían empezaban a inventar dioses, que parecían más bien dioses biónicos, hechos de restos de otros dioses. Es decir, un humano con piernas de carnero y cara de halcón. Tenían también dioses para cada cosa, para el sol, para el baile, para las artes, para el viento o incluso Kebehsenuef, el dios guardián de los intestinos de los difuntos. Debía ser similar a lo que tenemos nosotros con los santos, lo que pasa es que ahora se suele hacer con las profesiones: San Francisco de Sales de los periodistas o San Custodio de las pelotas de los guardas de seguridad.

Cambiando de tercio y volviendo al Louvre... que cosa más grande, carajo. No hay manera de pararte a ver un cuadro, porque como vayas parándote no sales de allí en cinco años. Y dicen que sólo está expuesto el 10% de lo que tiene (aunque seguro que más de una cosa de esas que están sin exponer debe ser un mohón... bueno, y alguna de las que está expuesta).

Lo interesante del Louvre, más que las obras, es saber donde coño estás. Es como donde está Wally pero al revés. Por cierto, si vais, OLVIDAOS de ver la Mona Lisa de cerca. Unas mil personas se encargarán de que no llegues hasta ella. Ahora entiendo eso que siempre dicen de que el cuadro es más pequeño de lo que te imaginas... no es que sea más pequeño, es que sólo lo puedes ver de lejos.

El resto de cosas de París, para no aburrir, se resumen en una pupa en el pie del tamaño del estado de Texas, unas agujetas de agárrate y no te menees (frase patrocinada por los tebeos de Mortadelo y Filemón), gente queriéndote vender miniaturas de la torre Eiffel-retratos-pulseras-etc y ¡¡¡MEDIO LITRO DE CERVEZA A NUEVE EUROS!!!. Ya lo he dicho en más de una ocasión, un país con la bebida a esos precios no tiene calidad de vida.

Por ir cerrando os cuento el viaje de vuelta. Después de todo el fin de semana con un calor espectacular, sobre las cinco de la tarde decidimos irnos para el aeropuerto, porque "parece que se está nublando". No amigo, no, no se estaba nublando, era el fin del mundo. De repente ya en el aeropuerto nos cayó la tormenta del infierno, con truenos, relámpagos y rayos incluidos (recuerdo que una tormenta de tales dimensiones antes de montarte en un aparato metálico que va a miles de pies del suelo y a 700 kilómetros por hora no es demasiado esperanzador).

Con media hora de retraso comenzamos a ir hacia el avión. Y digo bien, a ir hacia el avión, no a entrar al avión. Porque en el Charles de Gaulle alguien tuvo la grandiosa idea de, en medio del diluvio, llevarnos al avión en autobús. El autobús, para completar la jugada, no estaba en una zona techada, por lo que cuando entramos en él ya estaba todo el mundo empapado. Nos dejaron unos 15 minutitos con las puertas abiertas muertos de frío, nos llevan hasta donde está el avión y nos dejan otros 15 minutos con las puertas cerradas y muertos de calor.

Pero aún más. El autobús ni lo acercaron al avión, nos dejaron a 50 metros, por lo que más empapados aún corrimos bajo la lluvia. En la escalera se montó la de dios, con un colapso impresionante... y más empapaos. Por fin nos sentamos y nos dicen que no nos abrochemos el cinturón, porque van a repostar, que antes no han podido por los rayos. Al parecer es por si hay algún problema en el repostaje poder salir rápidamente, pero sinceramente, si hay algún problema en un repostaje del avión, el hecho de que no tenga el cinturón puesto para lo único que va a servir es para que los cachos de mi cuerpo lleguen más lejos.

Después de parar en la gasolinera Repsol de turno nos dicen que el aeropuerto ha estado cerrado por la tormenta y que somos el número 34 en la lista para despegar, que calculan que en una media hora salimos. Dos horas más tarde nos dicen que en unos 5 minutos salimos. A los 20 minutos comenzamos a andar y más o menos a la media hora, por fin, despegamos. Llegamos a las 1 de la mañana, muertos de frío y con los pies mojados desde hace seis horas... y con una húngara al lado que llevaba desde las 8 de la mañana de un avión a otro y quería hacer amigos, hablándome cada vez que cerraba los ojos para echar un sueñecito. Lo dicho, yo y los aeropuertos.

08/05/2007 11:47 Autor: havi. Enlace permanente.

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