31 de julio

Hoy pensaba cuando salía hacia el centro que siendo un lunes 31 de julio ni habría mucho tráfico ni mucho problema de aparcamiento. No se, mi alma cándida creía que, los que se fueron de vacaciones en julio, se incorporaban mañana, y que los que se van en agosto ya estaban de libranza desde el viernes, menos yo, obviamente. Craso error. Los de julio ya están aquí, por lo de enlazar toda la semana, y los de agosto no se van hasta mañana, aunque se tenga que trabajar un día suelto. Tiranía del empresario lo llamaban antes... ahora se le llama putada.
El caso es que para variar me he comido la tradicional caravana de entrada a Málaga, la tradicional cola de los semáforos de la avenida de Andalucía, el tradicional cambio de carril porque los jardineros están adecentando la mediana (los mejores jardines de Málaga, de lejos) y la tradicional media hora/tres cuartos de búsqueda de aparcamiento. También pensaba que los que se iban de vacaciones mañana estarían de buen humor y serían mejores personas, menos yo, claro está, que sigo la filosofía del odio. Otro error, la filosofía del odio se ha extendido por el centro en los que se van mañana, por venir un lunes na más que pa joder, y los que se incorporan porque da unos áminos trabajar en agosto...
Así que me he pasado la primera parte de la mañana practicando el noble deporte de despotricar, insultar, señalar con el dedo de forma amenazadora, sacar medio cuerpo por la ventana, golpear el claxon, acordarse de la madre del resto de los conductores, atacar a todo Audi que se cruce en mi camino, escupir a los coches mal aparcados, mirar desafiante a los que ponen las multas de la zona azul cuando no los dejo pasar en un paso de cebra, chillar cuatro o cinco veces por no encontrar sitio, lanzar gestos al del camión de turno que para en medio de un cruce para descargar y pensar muuuuuuuuuuucho que aún me queda un día para irme de vacaciones. Que bonito es comenzar el día a 180 pulsaciones.
Con todo y con eso tengo un cosquilleo en el estomago de acordarme que hoy a las 7 (o a las 8, las 9 o las 1 de la mañana, es lo que tiene este trabajo) tengo un mes para tocarme los huevos. Básicamente solo voy a hacer conducir, meterme en caravanas, pasar calor, pelearme por colocar la toalla en un hueco en la playa, quemarme los pies con la arena, achichararme la espalda, seguir sin encontrar aparcarmiento en ningún sitio imaginable y ver cordobeses allá donde mire. Además, como se pueden imaginar, amigos, ejercicios de barra, con lo que todo ello conlleva.
Aún no he comprado las palitas ni los cubitos para la playa para hacer castillitos, algo a lo que tus padres ya te enseñaban desde pequeño, porque ellos ya sabían que los pisos se iban a poner por las nubes y porque se iba a acabar construyendo hasta en la orilla. Creo que la afición de los niños por hacer castillos de arena viene de la frustración de que no podíamos jugar a las cocinitas como hacían las niñas. Es decir, ellas cogían plastilina y con un molde ¡Oh, Magia! hacían un pastel. Como a la niña le daban ganas de comerse el pastel de plastilina, la madre le decía que no se le ocurriera, que ella le compraba uno de verdad.
A mi no me pasaba eso. Yo tenía unos indios y vaqueros de plástico a los cuales mi madre les cortaba las escopetas y los arcos (verídico) para que no saliera un niño violento. No le funcionó. Pero nunca tuve moldes para hacer cosas... menos cuando iba a la playa. Tenía moldes de todo, aparte de castillos, peces, estrellas de mar, coches, barcos y tiburones, y, se pusiera mi hermana como se pusiera, un tiburón siempre gana a un pastel.
La playa despierta, además del afán creativo, el placer destructivo. Sólo había una cosa mejor que hacer el castillo más bonito de la playa... destruir el castillo del niño que de verdad había hecho el castillo más bonito de la playa, porque tenía 14 tipos de cubitos distintos para hacer las torres diferentes dependiendo de la época artística del conjunto. (Los hay así, creánme). Cuando pisas un castillo te sientes poderoso, te crees Godzilla, pero sin todos los engorros de poner huevos y limpiarse las escamas.
He sido un gran aficionado a los castillos, como puede ver. Pero, ¿que barbaridad digo? Yo lo que he sido es un auténtico profesional de los castillos. Tres participaciones en el concurso de Los Boliches con dos terceros puestos (un auténtico atraco a mano armada) y un glorioso primer premio. Y digo que soy un profesional porque, mientras que el resto de niños sacaba sus palitas y sus cubos, yo era el único que... llevaba un plano con el diseño del castillo que iba a hacer.
Aparte llevaba un peón. Mi hermana se encargaba de cavar, de traer agua y arena mojada, y yo iba de arquitécto. Por supuesto cuando ganábamos era por mi magnífico diseño, de trazo elevado sobre un monte, con foso interior tras la primera muralla y poblado definido aparte de la residencia del Rey. Cuando perdíamos era porque mi hermana no había mojado suficientemente la arena y porque el hijo puta del ganador era hijo de algún concejal. Ah, y por un complot mundial contra mi persona.
La edad y la pérdida de pulso estable en mis manos me han llevado a dejar la afición por los castillos, por lo que ahora me limito a refregarme por la arena al más mínimo despiste, fuera piernas incluidos. Nadie se puede decir que de verdad a ido a la playa si no trae el culo lleno de arena, viene en las escrituras. La piscina también está bien, pero no te dá ese gozo de ir andando de puntillas como la pantera rosa cuando vas desde la toalla a la ducha, que está a unos 500 kilómetros y con la arena ardiendo.
La playa tiene sus daños colaterales, como la cocacola a dos euros y medio, las duchas rotas, la nata en el mar, los cigarros y demás mierda en la arena (la gente es mu guarra), el agua calentorra a pesar de que la metas debajo de la sombrilla (es sombra, no es una nevera, imbecil), las rozaduras de las chanclas (hemos enviado el hombre a la luna pero no tenemos chanclas que no rocen), el trocito de concha que se te clava en la planta del pie y te dura todo el verano o el alga que se te engancha a la cara cuando vas nadando y, de asco y porque se te ha salido un pulmón, dejas de nadar.
Me encanta la playa, no creáis, pero es que me estoy volviendo muy sibarita. Es que vivimos muy mal. Destructivas vacaciones para los que empezais ahora. Destructiva (más aún) vuelta al trabajo a los que sufren la tiranía del empresario. Sed malos a todos, que se presenta un verano PUPA.
